Las investigaciones históricas de los últimos cincuenta años han demostrado la importancia que los biógrafos carolingios tuvieron en la construcción de las figuras de Carlomagno y Ludovico Pío. Mayke de Jong se refiere a estos autores como “narrativas de la novena centuria”, incluyendo en el listado a Ermoldo, Eginardo, Astrónomo, Thegan, Nitardo y Notker. Thomas Noble subraya que si bien esta construcción toma como modelos autores de las tres tradiciones en las que abreva —romana, cristiana y germánica—, es en el transcurso del siglo IX que se fusionan, dando lugar a una fuerte secularización del género biográfico específicamente carolingio.Dentro de esta evolución, Dominique Iogna-Prat considera un aporte particular la construcción de un modelo de emperador cristiano que da cuenta de los soberanos francos de Carlomagno a Carlos el Calvo.(...)
En 1968, Peter Brook formulaba, en la primera edición de su libro ya clásico El espacio vacío, estos interrogantes: ¿Por qué, para qué el teatro? ¿Es un anacronismo, una curiosidad superada, superviviente como un viejo monumento o una costumbre de exquisita rareza? ¿Por qué aplaudimos y a qué? ¿Tiene el escenario un verdadero puesto en nuestras vidas? ¿Qué función puede tener? ¿A qué podría ser útil? ¿Qué podría explorar? ¿Cuáles son sus propiedades especiales? Cincuenta años después, la vigencia de esos cuestionamientos resulta apremiante y creemos que sus respuestas nos interpelan y nos exigen una reactualización permanente. No obstante, si bien desde hace algunas décadas los estudios teatrales se vienen imponiendo en distintas universidades del mundo, y la historia, la sociología, la semiótica, la antropología, la poética y la filosofía teatral han adquirido no solo autonomía sino también un lugar de relevancia en los estudios académicos, en nuestra realidad local, las reuniones científicas en torno a la investigación teatral representan un espacio de vacancia. (...)
Los concilios eclesiásticos no fueron, por supuesto, una invención de los francos, ya que se habían celebrado en la Galia mucho antes del establecimiento de los mismos; tampoco fueron innovadores en permitirle al rey el papel de convocante y participante de las discusiones, pues esta práctica se remonta al reinado de Constantino I (c. 280-337), bajo cuya atenta mirada se reunió el Concilio Ecuménico de Nicea en 325. Si bien, ni Constantino ni sus sucesores imperiales y francos pensaron mucho en interferir en los asuntos conciliares y, de hecho, lo vieron como su prerrogativa, sería engañoso buscar una comprensión moderna de la separación de la Iglesia y el Estado en la Antigüedad Tardía y en la Alta Edad Media, sobre todo porque la participación imperial en la vida conciliar tuvo sus beneficios tanto para uno como para el otro. (...)
El libro reúne trabajos en torno a tres ejes: autoridad, identidad, conflicto. Es el resultado de la labor interdisciplinaria desarrollada desde el año 2015 en el marco de un Proyecto de Reconocimiento Institucional de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, bajo el título “El ego-trouble en discursos de y sobre la autoridad episcopal en la Edad Media (siglos X-XIII)”. El concepto fue analizado y debatido en relación con los modos en que la autorrepresentación, forma y contenido de las fuentes tardoantiguas y medievales estudiadas no solo se presentan como reflejo de su contexto histórico, sino que también intervienen en la construcción de las realidades sociales. Nos interesó descubrir información sobre los propios autores de los documentos, fuera explícita o no, a partir las estrategias literarias y retóricas utilizadas por ellos.
La situación de las mujeres en el Siglo de Oro español se vio restringida a ciertos modelos de comportamiento social basados en la autoridad masculina. Estos modelos estuvieron justificados por la doctrina religiosa y avalados por las instituciones, permitiendo a la mujer espacios acotados dentro de la vida pública del reino. Así, las damas de familias acaudaladas podían recibir educación dentro de la esfera del hogar con el objetivo de concretar un ventajoso matrimonio; en contados casos aspiraban a ciertos espacios dentro de la Corte o el ingreso al convento en una situación más o menos acomodada. Sobre la figura femenina recayó el peso del pecado, en esta sociedad fuertemente custodiada por la Iglesia Católica. Los textos doctrinales de la época ejercieron una función modeladora del rol de la mujer, que se vio limitado al matrimonio y a su desempeño dentro de la esfera privada; la otra posible opción era la vocación religiosa con un férreo control de un cura confesor (Tenorio Gómez, 2002). En definitiva, las mujeres fueron depositarias de diversos mecanismos de opresión y silenciamiento; no obstante, en las recreaciones literarias es posible observar, al menos como destellos reveladores, que el potencial de las figuras femeninas distaba mucho del lugar que socialmente se les habilitaba. (...)